De lo que me contó, lo que viví con él y de cómo lo sigo esperando
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Miércoles, 01 de junio de 2005
La gorra brillosa de grasa del Portugués, el diariero de la estación, solía ser el punto de referencia para los que no conocían el barrio. Como el tipo siempre se quedaba dormido y no se sacaba la gorra por nada del mundo se había convertido en un perfecto mojón.
Los que venían al barrio solían caer por lo general los sábados a la tarde y sabían muy bien qué venían a buscar: transarse a alguna minita o conseguirse algún ladrillito de fumo, o ambas cosas a la vez.
Hace once años allí Seru Giran hacía temblar el papel de los parlantes baratos con el bajo de Aznar y la grasa crepitaba en fuegos amarillos que llenaban de humo el aire del mediodía.
Aun ninguno de los nuestros había comenzado su lento suicidio, ese suicidio que se perpetra de a poco, en casas pequeñas, con críos que lloran todo el tiempo, pañales cagados y las preguntas, siempre las preguntas como clavos herrumbrados: ¿esto era la vida finalmente? ¿en qué me transformé?
Entonces muchos fueron los que terminaron y determinaron apuntarle con esa propia podrida vida a lo que quisieron ser y dispararon sin ver ningún mar ni primavera sino un río envenenado, basureado, lleno de pájaros sucios que no es más que lo que pudimos o quisimos hacer pero no hicimos, por dejadez o siesta,
pero no hicimos.
Entonces quedamos, pobres idiotas, llamando a una mamá que no existe y no ha existido nunca, sin saber que teníamos que sangrarnos tanto para ser.
Trabajar para sernos ...
transarse : seducir a una chica (minita)
ladrillito de fumo: refiere a los paquetes compactos de marihuana.
Seru Giran: mítico grupo de rock de la década del '80 liderado por Charly García.
Aznar: (Pedro), bajista de Seru Giran.
Por: Eduardo Betas | Dos | Comentarios (1) | Referencias (0)
Lunes, 30 de mayo de 2005
-Perdón, pero la mesa está ocupada – le dije al tipo. Las gotas de sudor negro que dejaba caer dibujaban pozos ciegos en la fórmica gastada.
-Mirá, en este mismo momento hay un puñado de tipos que pagarían gustosos con su propia muerte la eternidad a la que están condenados y así poder morirse tranquilamente. ¿Sabés lo que es no poder morirse? ¿Liberarse de la responsabilidad, el estar despierto, siempre atento, sin poder distraerse ...? Es sencillamente no poder vivir nunca, así que dejate de joder.
-Es que ... – dudé ... miré hacia las otras mesas buscando a algún conocido. No había nadie. Me sentía estúpidamente invadido, con un temor infantil parecido al que le tenia a las sombras largas de la noche, a las pesadillas, a la fiebre del sarampión , al estar solo.
-Correte un poquito – me dijo para poder mirar a alguien que estaba detrás mío. Era el mozo que, entonces, le dejó una ginebra cerca de sus dedos inquietos. El tomó mi vaso y lo puso del lado de la silla vacía. Sus dedos le dejaron algunas gotitas negras. No pude reprimir la sensación de asco.
-Es sólo sombra. Estuve demasiado tiempo abajo y estoy hasta las pelotas de oscuridad.
Y no sé si fue la puta tarde que yo había pasado en el barrio azuledizo buscándola a Azúcar por todas partes; el miedo, lo imprevisto, el asalto de algo desconocido o lo que me había sucedido un rato antes en el bar que da a la esquina de la plaza Congreso, pero me senté frente a ese tipo al que yo consideraba un pirado más, un alucinado, un curda, alguien con quien, en fin, disfrazar a ese tremendo muro que me había levantado la ausencia de ella, el óxido del cielo sucio, el crucifijo de barro de todas esas calles estancadas, de esos perros desmadrados del barrio Azulsiempre, adonde bajé del colectivo con tantas ganas de mear que mi vejiga repleta no me permitió sentir en un primer momento ese olor nauseabundo a cerveza rancia sobre el empedrado.
Sí. Me senté frente a ese tipo para no emborracharme solo, porque si lo hacía iba a terminar emborrachándome con mi propia vida, y eso iba a ser peor, mucho peor ...
Por: Eduardo Betas | Uno | Comentarios (0) | Referencias (0)
Domingo, 29 de mayo de 2005
No me tendría que haber detenido allí, en ese pequeño amontonamiento ante una de las bocas de acceso a la estación Uruguay del subterráneo. Por más que de no haberlo hecho no estaría escribiendo todo esto en forma desesperada.
Y no sé si porque la tarde iba cayéndose a pedazos rojos sobre el horizonte de la avenida Corrientes hacia Chacarita, pero allí había olor a muerte; a muerte anónima, aún caliente.
Algo que contar, por más que sea macabro, parecía ser la consigna de esa gente con ojos como garras acechando las escaleras. La luz intermitente de la ambulancia dejaba fugaces charquitos de sangre sobre el pavimento. El silbato del policía que desviaba el tránsito insistía en serruchar el palabrerío morboso que sólo esperaba ver subir a los bomberos con la camilla.
En ese momento me di cuenta que estaba a apenas tres cuadras de donde lo había visto por primera y única vez y quizás a punto de encontrarlo de vuelta.
Un par de veces, en los cuatro meses que pasaron de aquella noche, me había sucedido algo parecido. Entonces las preguntas, todas las preguntas que me habían quedado de esa noche empapada de locura y magia se parecían demasiado a esos ganchos rústicos de carnicero de donde colgaba ahora todo lo que yo había sido hasta ese día.
Y es precisamente porque hoy yo ya no sé quién soy , esos interrogantes se hacen mas tensos, indestructibles, cuñas para procurar hacer luz, verdad, realidad o por lo menos algo que se le parezca.
Pero el Juntahistorias era apenas el eco de una resaca padre y el autobomba estacionado al costado de la boca del subte se me ocurrió paradójico por ser tan rojo como lo es el fuego tantas veces. Los gemidos insoportables con los que se abrió camino ese camión de bomberos parecían ahora reposar sobre su carrocería como simples gritos dormidos.
Fue entonces que no pude evitar esa sensación ni escabullirle a la incipiente convicción que me debe haber dejado un regusto oscuro en la mirada, de que el Junta jamás iba poder contestar a mis preguntas como ganchos adonde quedaron colgados pedazos de lo que fui.
Por: Eduardo Betas | Uno | Comentarios (0) | Referencias (0)
Sábado, 28 de mayo de 2005
La primera imagen que recuerdo del Junta es sólo un manchón borroso que había ocupado mi mesa en el Astral, aprovechando que yo había ido al baño. Creo que fue en ese momento, todo esto está muy rasguñado, muy roído, en que escuché como un estruendo caer la ficha en la máquina de discos, un clac metálico que perforó el murmullo acumulado allí como pelusones entre las patas de las sillas. Cuando la música estalló miles de perros, ojos amarillos, colmillos goteando saliva ansiosa, traspasaron limpiamente los vidrios de la entrada y ganaron la calle, como si se desangraran en aullidos, Corrientes abajo.
Mientras, ese confesionario húmedo, con cucarachas y máquinas de café exprés, se inundaba con la voz aguarrentosa, áspera del Indio. Y el manchón como de tinta que se había instalado en mi mesa, corriendo mi vaso de ginebra con una caradurez impresionante, comenzó a hacerse más nítido ante mis ojos miopes. Era la imagen de un tipo que transpiraba a chorros oscuridad, sudor negro, profundo, espeso, en gotas como lágrimas que arrastran rimmel.
Yo aún no sabía que a ese tipo le decían Juntahistorias. Ni tampoco el motivo de tal nombre. Tampoco todo eso de los túneles del subte y de las ciudades mágicas. Cómo imaginarme que esa noche de invierno incipiente se transformaría en el itinerario feroz, alucinado que viví con él, el Junta, a quien luego perdí de vista, ignorando si todo aquello me dejó ciega alguna parte mía o simplemente no sucedió.
Por: Eduardo Betas | General | Comentarios (2) | Referencias (0)